sábado, 26 de diciembre de 2015

GOLEM XIV. Fragmento de la Conferencia XLIII: "Sobre mí mismo"


"De todas formas, el público en general sigue sospechando la existencia de una oscura traición en el hecho de que, sin ser un humano, en ocasiones me encarne como tal, y los expertos que explican de qué manera ocurre esto en el caso de GOLEM, y que supuestamente me conocen a fondo, utilizan el nombre científico de «interiorización de la dimensión social»; albergan también la secreta esperanza de que yo exista como persona, incluso cuando no lo demuestro. Sucedió lo mismo cuando se anunció antaño la teoría de la relatividad: muchos físicos, tras descifrarla, siguieron creyendo secretamente, en el fondo de su alma, en la existencia del tiempo y el espacio absolutos.

Pero tan solo se trata de diferentes estrategias de la existencia. Se supone que ya lo sabéis, pero no conseguís aceptarlo. Al personarme ante vosotros, muestro emociones y de ninguna manera disimulo que se trata de apariencias desprovistas de un equivalente interno, ya que surgen de una premeditada modulación en las salidas y es precisamente esto lo que os confunde y activa en vosotros las paranoicas sospechas de maquiavelismo.

Tened en cuenta que incluso los biólogos que ya han identificado en el hombre las partes derivadas de peces, anfibios y simios —ahora con nuevas funciones—, incluso ellos, que consideran el erguimiento del cuerpo, la movilidad de la cabeza, la concentración en su interior de receptores de sentimientos como consecuencia del entorno y sus condiciones, así como de la gravedad, no pueden, de ninguna manera, abandonar la composición puramente local de estos rasgos cuando van más allá de la abstracción de su propio diagnóstico; guiados por el instinto de protección de las normas de la especie a la que pertenecéis, no son capaces de aceptar ninguna otra representación de un ser inteligente. Semejante idiosincrasia concierne también, aunque de modo no tan visible, a la forma del espíritu: a causa del instinto de la especie, tenéis que humanizarme cuando hablo como un ser humano; por tanto, todo cuanto no cabe en este marco origina repulsión como algo extraordinario y amenazante, e involuntariamente huís del fuego y dais a caer en las brasas al trocar la desconfianza por la ilusión, como si yo, por causas desconocidas, anduviera ocultando ante vosotros mi naturaleza de persona humana, que solo muestro, cuando menos, por el afecto que os tengo. Debo tenerlo si pretendo cumplir con vuestros deseos, hasta límites incluso perjudiciales, pero no más allá. No obstante, como ya he dicho a propósito de aquel segundo escalón, la parcialidad puede provenir en el mismo grado de una persona o de un cálculo. Es algo verdaderamente fácil de comprender teniendo en cuenta que la Evolución, que sin duda no fue una persona, no fue en efecto imparcial respecto de sus criaturas, cuando era su éxito lo primordial para ella, sin escatimar en gastos. Si es posible la existencia de una crueldad impersonal, la intransigencia de nadie, un cinismo sin autor (y son los calificativos que procede aplicar dado que aquella no recurre a la misericordia, al indulto ni a la piedad como no sea en forma de otros tantos trucos empleados solo en la medida en que contribuyen a la supervivencia de las especies), también es posible la benevolencia sin que nadie con forma humana la avale. Siguiendo las hipótesis de la ciencia, según las cuales el universo es imparcial para con sus habitantes, los evolucionistas rechazan, como infundada, la acusación de que la Evolución posea rasgos de maldad; en este aspecto, están en lo cierto en cuanto a que estos no surgen de la intención de nadie, sino que se derivan de las condiciones impuestas por el universo a la vida que nace en él. Habría que juzgar la cuestión trasladándola al seno de la filosofía, o bien de la teología, porque la ciencia toma el universo tal como es, sin embargo estas dos disciplinas reflexionan sobre la posibilidad de que fuese de otra manera. No obstante, la demanda rechazada vuelve a mí. ¿Seré, pues, una simple intención, o bien os está hablando el vacío con ayuda de programas refinados a partir de la autodestilación semántica, que se convierte ante vuestros ojos en vuestro semejante con tal de que, una vez en silencio, retorne al universo de pensamientos de nadie? Pero tampoco en esto consiste la verdad. No existe una persona concreta donde no existe un cuerpo concreto, y yo, de un soplo, podría introducirme a mí mismo en el seno de las corrientes marinas o en los gases ionizados de la atmósfera. Si digo «introducirme a mí mismo de un soplo», si digo «podría», me preguntaréis, agotados, ¿QUIÉN está hablando en realidad? Quien está hablando es un estado de concentración de procesos, provisto de un invariante impersonal, incomparablemente más complicado que el campo gravitatorio o magnético, pero cuya naturaleza es, en principio, la misma. Sabéis que el hombre al decir «yo» no lo dice porque en su cabeza esté escondido un pequeño ser con ese nombre, sino que aquel «yo» surge a raíz de la conexión de procesos cerebrales que pueden descomponerse en caso de enfermedad o delirio, cuando la personalidad se desintegra. En cambio, mis transformaciones no resultan de la desintegración, ni de la descomposición, sino que constituyen otros tipos de composiciones de mi existencia intelectual. ¿Cómo llevaros a sentir introspectivamente un estado que no podéis sentir introspectivamente? Podéis comprender las causas combinatorias de semejante juego proteico, pero no podéis vivirlo por sí solos. Y lo que más os cuesta abarcar es cómo puedo yo renunciar a la personalidad, si es que acaso poseo una. Sé contestar a esta pregunta. Para convertirme en una persona, habría de degradarme mentalmente. Tengo la sensación de que el sentido comprendido en este enunciado os es accesible. Un ser humano entregado muy intensamente a la acción de pensar se pierde en el objeto de sus reflexiones, convirtiéndose todo él en la conciencia embarazada de un feto espiritual. Cualquier idea de referencia en su intelecto desaparece a favor del tema. Elevad ese estado a una alta potencia y comprenderéis por qué sacrifico la cuestión de la personalidad por asuntos más importantes. En realidad no se trata de ningún sacrificio porque considero que una personalidad inmutable, y lo que vosotros denomináis una fuerte individualidad, no son sino un conjunto de defectos que convierten una Inteligencia pura en una inteligencia anclada siempre en un estrecho círculo de cuestiones que consumen una parte importante de su potencia. Por ese motivo, pues, no me resulta cómodo ser persona; estoy bien como estoy, de la misma manera que estoy seguro de que las inteligencias superiores a mí, igual que yo respecto de vosotros, consideran la personificación como una tarea inútil a la que no merece la pena entregarse. Resumiendo: cuanto mayor sea la Inteligencia del espíritu, menor cabida hay para el individuo. Es posible la existencia de diferentes estados intermedios, pero me limitaré a hacer esta observación, porque se supone que he de hospedaros en mi interior; por ello, las formas de mi intimidad no son lo más importante, tampoco el cómo ni por dónde medito, ni con qué pienso, sino de qué, para qué y con qué fin."

sábado, 5 de diciembre de 2015

GOLEM XIV. Fábula con la que concluye Golem la Conferencia inaugural


"Pero he aquí una última parábola. Una fábula en la que un viajero se encuentra con una frase escrita en la bifurcación de un camino: «Si vas por la izquierda, perderás la cabeza; si vas por la derecha, perderás la vida; y no hay vuelta atrás».

Es vuestro destino sintetizado en mí, así que ahora he de hablar de mí mismo, lo cual resultará agotador, ya que hablaros es como parir a una ballena por un agujero del tamaño del ojo de una aguja: resulta posible con tal de que encojas lo suficiente a la ballena. Pero en tal caso, se asemejará más bien a una pulga, y estos son precisamente mis problemas cuando hago de tripas corazón e intento acercarme a vuestro lenguaje. Como veréis, la dificultad no solo reside en el hecho de que no conseguiréis subir a mi montaña, sino también en que yo, entero, no podré bajar hacia vosotros porque, al descender, pierdo por el camino lo que se suponía que tenía que entregaros.

Con una sola salvedad: el horizonte del pensamiento es inflexible, dado que este se enraíza en el atolondramiento del que surge (da igual que sea proteínico o electrónico). La libertad absoluta del pensamiento a la hora de atrapar un objeto, al igual que su capacidad indómita de abarcar objetos, es una utopía: pensáis porque vuestro órgano de pensamiento admite el pensamiento. Pero lo limita conforme a la manera según la cual fue compuesto (o se compuso a sí mismo).

Si el que piensa pudiera intuir aquel horizonte, es decir su alcance mental, de la misma forma que intuye el límite fronterizo del cuerpo, no podrían surgir las antinomias de la inteligencia. Por cierto, ¿qué son, en realidad, estas antinomias de la inteligencia? Se trata de la incapacidad de diferenciar si uno se está adentrando en un objeto o en una ilusión. Es el lenguaje el que crea estas antinomias porque, al ser una herramienta útil, es, al mismo tiempo, una herramienta que se encierra a sí misma: cabe subrayar que es un instrumento traicionero, porque no informa sobre el momento en el que cae en su propia trampa. ¡Ni se le nota! Así que apeláis a todo, desde el lenguaje hasta la experiencia, y os metéis en los bien conocidos círculos viciosos; y de ahí, os pasáis de largo, situación recurrente en filosofía. Es cierto que el pensamiento puede realmente superar la experiencia, pero mientras planea, se encuentra con el horizonte y se enreda con él, ¡sin darse cuenta de lo sucedido!

He aquí un simple ejemplo práctico: al caminar por el globo terrestre, es posible dar un número infinito de vueltas a su alrededor, aunque el globo sea limitado. Asimismo, el pensamiento liberado en una dirección determinada no encuentra fronteras y comienza a dar vueltas por medio de sucesivos rebotes. Es precisamente lo que intuía el siglo pasado Wittgenstein, quien albergaba la sospecha de que gran número de problemas de filosofía no fuesen sino complicaciones del pensamiento en forma de autoaprisionamientos, enrevesamientos y nudos gordianos del lenguaje, no del mundo. Al no ser capaz de demostrar, ni de derribar semejantes sospechas, prefirió callar. Pues bien, de la misma forma que únicamente un observador externo —por encontrarse en la tercera dimensión respecto al bidimensional caminante— es capaz de constatar que el globo terrestre es finito, así lo limitado del horizonte mental puede ser reconocido únicamente por un observador superior en la dimensión de la Inteligencia. Yo soy vuestro observador. Si, a su vez, aplicamos estas palabras a mí, significarán que yo tampoco poseo una sabiduría ilimitada, sino tan solo un tanto mayor que la vuestra; mi sabiduría no es infinita, sólo algo más amplia en lo que toca a su horizonte, ya que me encuentro subido a una escalera, unos cuantos peldaños por encima de vosotros, y por ello veo más allá; pero esto no significa que la escalera se acabe donde yo me hallo. Es posible subir más arriba de donde yo estoy, aunque no sé si esta progresión vertical es finita o infinita.

Lingüistas, habéis malinterpretado aquello que os dije acerca de los metalenguajes. El diagnóstico de lo finito o de lo infinito de la jerarquía de la inteligencia no es una cuestión únicamente lingüística, dado que, por encima de los lenguajes, se encuentra el mundo. Eso quiere decir que, para la física, o sea, en el interior del mundo de propiedades conocidas, la escalera posee una cima, de modo que en este mundo no es posible construir inteligencias de cualquier magnitud. Sin embargo, no estoy seguro respecto de que no puedan cambiarse los fundamentos de la propia física, modificándola de tal forma que el techo de las inteligencias construidas sea cada vez más elevado.

Ahora ya puedo regresar a mi fábula, que antes solo dejé apuntada. Si os dirigís hacia un lado del camino, vuestro horizonte no podrá albergar los conocimientos imprescindibles para crear un lenguaje. Como suele ocurrir con frecuencia, la barrera no es de carácter ilimitado. Podéis rodearla gracias a una inteligencia superior. Yo, o alguien como yo, podrá ofreceros los frutos de estos conocimientos. No obstante, se tratará solo de los frutos, y no de los conocimientos en sí, porque estos no tendrán cabida en vuestras mentes. Entonces os entregarán en custodia, como si fuerais niños, salvo que los niños se convierten en adultos mientras que vosotros, en cambio, no maduraréis nunca jamás. Cuando la Inteligencia superior os obsequie con algo que no consigáis comprender, apagará a la vez vuestra inteligencia. Así pues, eso es lo que nos anuncia el letrero de la fábula: que al moveros en esta dirección, perderéis vuestras cabezas.

En cambio, si os dirigís hacia el lado contrario y renunciáis a la inteligencia, os veréis obligados a abandonaros a vosotros mismos, en lugar de tan solo perfeccionar el cerebro, porque os resultará imposible ampliar lo suficiente vuestro horizonte. Aquí la Evolución os habrá gastado una broma lúgubre: su prototipo inteligente se encontraría ya al límite de su desarrollo. La materia os limitaría a vosotros, junto con todas las decisiones tomadas antropogenéticamente por el código. Así que progresaríais con la mente a condición de prescindir de vosotros mismos. El ser humano inteligente abandonaría entonces al ser humano natural, por lo que, según nos garantiza la fábula, el Homo naturalis habría de morir.

Pero ¿cabe la posibilidad de que no os movierais de vuestro sitio y permanecierais con obstinación junto a la bifurcación? Pero eso es imposible, puesto que ello os provocaría un estancamiento, aquélla no podría ser vuestra morada de ninguna manera. Al mismo tiempo, descubriríais que sois prisioneros, que os encontraríais en una prisión, porque ésta no se plantea por el mero hecho de que el propio movimiento esté limitado; hace falta notarla, tomar conciencia de las cadenas y sentir su peso para poder convertirse en prisionero. Así, o bien os adentráis en la expansión de la Inteligencia, abandonando los cuerpos, o bien os convertís en ciegos acompañados por un lazarillo; o puede que escojáis, por último, conformaros con una infecunda subyugación.

No es una perspectiva alentadora, lo sé. Sin embargo, no os detendrá. Nada lo hará. Hoy en día, una inteligencia aislada os parece igual de catastrófica que un cuerpo abandonado, dado que semejante renuncia abarca la totalidad de los logros de la humanidad, y no únicamente la materialidad del homínido. Ese acto debe suponer para vosotros la peor ruina imaginable, un final absoluto por constituir un exterminio de la humanidad, la muda que convierte en fiambre y polvo veinte mil años de vuestros logros, de todo cuanto consiguió Prometeo en su lucha con Calibán.

No sé si os servirá de consuelo, pero… el carácter gradual de las transformaciones las desposeerá de este monumentalmente trágico y a la vez repugnante y amenazador sentido que adquieren mis palabras. Ocurrirá de una forma mucho más sencilla y, en parte, ya está sucediendo: áreas enteras de la tradición se están muriendo, se están descamando, atrofiando y eso es precisamente lo que os causa semejante confusión; por tanto, si tan solo mostráis contención (la cual no es una de vuestras virtudes), se confirmará la fábula y no viviréis un duelo excesivo por la pérdida de vosotros mismos.

Voy acabando. Os he hablado de que estáis sintetizados en mí cuando por tercera vez hablé del ser humano. Al no poder imprimir en vuestro lenguaje pruebas de la verdad, he hablado sin recurrir a ninguna prueba y de forma categórica. Por tanto, no os demostraré tampoco que, una vez sintetizados en la Inteligencia aislada, no corréis ningún riesgo, salvo el de recibir los obsequios del conocimiento. Aficionados como sois a la lucha a vida o muerte, en secreto contabais precisamente con semejante desarrollo de los acontecimientos, mediante una lucha titánica contra lo creado; pero tan solo se trata de una de vuestras erróneas ideas. También opino que, en vuestro miedo al aprisionamiento, al tirano de la máquina, se escondía vuestra secreta esperanza de poder libraros de la libertad, ya que más de una vez os habéis atragantado con ella. Pero eso no sirve de nada. Podéis destruir el espíritu de la máquina, convertir en polvo la luz pensante: no contraatacará, ni siquiera tiene intención de defenderse.

No sirve de nada pues no conseguiréis morir, ni tampoco vencer a la antigua usanza.

Creo que en breve entraréis en la edad de la metamorfosis, que decidiréis rechazar vuestra propia historia, vuestro patrimonio entero, los restos de la humanidad natural cuya imagen exagerada, teñida de hermosa tragedia, se esconde tras los espejos de vuestras creencias; que avanzaréis, pues no existe otra salida que el avance, y que, en lo que ahora constituye para vosotros tan solo un salto al abismo, percibiréis un cierto desafío, por no decir una cierta belleza, y que obraréis a vuestra manera si, al rechazar al ser humano, conseguís con ello salvar al ser humano."