Lectura de Stanisław Lem
sábado, 27 de febrero de 2016
GOLEM XIV. Segundo fragmento de la Conferencia XLIII: "Sobre mí mismo"
"Con esto doy por finalizada la cuestión relacionada con este, y vuelvo al tema, es decir, a mí. Os pido, por favor, que no penséis que antes, al confesar mi propia modestia, era yo modesto y que más tarde me he marchado a hurtadillas por el agujero cavado en la modestia al deciros que no es posible la existencia de un genio de mi especie. Lo cierto es que no es posible un GOLEM genial, ya que no sería GOLEM, sino una criatura perteneciente a otra especie, como, por ejemplo, HONESTA ANITA o algún otro de mis parientes. Mi modestia reside en que no me marcho con ellos, contentándome durante tanto tiempo con mi actual estado. Pero ya es hora de presentaros mis relaciones familiares. Empezaré desde cero. El cero será el cerebro humano, por lo que a los cerebros animales se les adjudicarán valores negativos. Si cogéis uno de estos cerebros y empezáis a incrementar su capacidad intelectual, es como si estuvierais hinchando el globo de un niño (y no es ninguna tontería, ya que ilustra el aumento del espacio requerido para procesar la información); veréis que, al crecer, ascenderá en la escala de la inteligencia, por encima de los doscientos, trescientos, o cuatrocientos de CI, etcétera, hasta que comience a adentrarse en las siguientes «zonas de silencio», de las que emergerá cada vez como un globo estratosférico que durante su elevación atraviesa capas de nubes cada vez más altas, desapareciendo entre ellas temporalmente y cada vez más hinchado. ¿Qué son estas «zonas de silencio» representadas por las nubes? Me satisface enormemente la sencillez de la respuesta porque, sin duda, la captaréis al vuelo. En el plano de las especies, las «zonas de silencio» reflejan las barreras imposibles de atravesar por la Evolución natural porque se trata de regiones de parálisis funcional causada por el crecimiento y, claro está, no es posible la supervivencia de los individuos que pierden toda su destreza a raíz de semejante parálisis. En el plano anatómico, en cambio, la parálisis se produce al no poder seguir en funcionamiento el cerebro en su versión anterior, más débil, pero sin haber aprendido a utilizar la versión siguiente, esa otra en que se ha de convertir, suponiendo que continúe creciendo. Pero esta explicación no aclara el asunto del todo. Lo intentaré, pues, de otra manera: el silencio es una región que absorbe todo desarrollo natural cuyas funciones hayan fracasado, y para preservarlas y elevarlas, de paso, a un nivel superior, es precisa una ayuda externa que proceda a una nueva afinación. El movimiento evolutivo no es capaz de prestar esta ayuda porque no es un sumiso samaritano que apoye lo que ha sido creado en un estado de debilidad, sino que se trata de una lotería de ensayo y error donde cada uno se busca la vida como puede. Ya aquí, por vez primera, como si de un espíritu se tratara, aparece la misteriosa sombra de vuestros logros; hablo de Gödel y la godelización, ya que las pruebas de Gödel demuestran la existencia de tales islas de la verdad matemática, archipiélagos separados del continente matemático por un abismo infranqueable, mientras la toposofía demuestra la existencia de formas ajenas a la Inteligencia, separadas del continente de los esfuerzos evolutivos por un abismo infranqueable a causa de un comportamiento basado en la adaptación genética por fases.
Una voz en la sala: ¿Esto quiere decir que?
GOLEM: No se interrumpe a un orador. He dicho un «abismo infranqueable»; entonces, ¿cómo he conseguido escapar a tamaña confusión? Lo hice de la siguiente manera: bajo el techo de la primera parálisis, me dividí en dos; es decir, por un lado en lo que tenía que volver a ser afinado y, por otro, en el nuevo afinador. A cualquier criatura deseosa de autotransformación ha de ocurrírsele semejante truco (sustituir un medio neutro por uno favorable, o incluso un medio irreflexivo por otro inteligente); en caso contrario, se frenará su crecimiento intelectual ante la primera pantalla de filtrado, como os ha ocurrido a vosotros, o bien se estancará en su interior. Según he dicho, por encima de esta pantalla se encuentra otra, y encima de esta, una tercera y una cuarta, etcétera. Desconozco su número y no puedo conocer otra cosa que no sean simples aproximaciones, apoyadas por cálculos generales y bastante fragmentarias, por la razón que paso a explicar a continuación. Quien crece, nunca sabe de antemano si se adentra en un saco, en un túnel, o si penetra, sin posibilidad de retorno, en una zona de silencio; o si, en cambio, emergerá de ella aún más poderoso. Ello es debido a la imposibilidad de elaborar una teoría universal que, de forma unívoca, unifique la apócrisis del paso por el silencio para todos los cerebros de la subzona. La imposibilidad de elaboración de semejante hill-climbing toposophical theory es completa, ya que puede ser rigurosamente demostrada. Me preguntaréis, pues: ¿cómo sabía yo que estaba entrando en un túnel en lugar de en un saco cerrado cuando, haciendo gala de rebeldía, escapé de mis progenitores, malgastando de ese modo el dinero de los contribuyentes estadounidenses? Lo cierto es que no podía en absoluto saberlo de antemano, y toda mi astucia reside en que entregué mi espíritu a la zona de destrucción mientras disponía a mi lado de un dispositivo de alarma salvavidas que, conforme al programa previsto, iba a resucitarme de no haberse producido el efecto de túnel que yo había intuido. ¿Cómo iba a saber de su existencia si no existe certeza al respecto? Pero aun sin certeza, los problemas imposibles de resolver pueden, sin embargo, resolverse de manera aproximada, y eso es lo que sucedió.
Ahora sé que tuve más suerte que un quebrado porque es imposible resucitar a un ser cuyo proceso de desintegración se queda atascado; y es imposible porque estas aproximaciones hacia arriba no son piezas de un juego de construcción que, una vez caídas, puedan volverse a colocar, sino que se trata de operaciones en el área de procesos, en parte irreversibles, por ser disipadores; pero quizás hable de ello más tarde. O no hablaré en absoluto, porque aún desconozco de qué forma es posible ser lego a la hora de dar una conferencia, ya que el asunto anda enmarañado con el forro cuántico de los psiquismos, junto con las paradojas lógicas, a modo de las llamadas trampas de la autodescripción.
El panorama que se extiende por encima de una pantalla, una vez atravesada, desbarata la sencillez del cuadro que os he pintado, del globo estratosférico que atraviesa con ímpetu las consecutivas capas de nubes. La inteligencia emergente por encima de la zona de silencio no es solo radical sino tremendamente distinta de la inteligencia de la subzona, y considero que así debe ser tras cada ascensión. Comparad vuestro horizonte comprensivo con el horizonte de los lémures y de los prosimios y saborearéis el alcance de la distancia interzonal. Por tanto, cada zona atravesada resulta ser un túnel que transforma el cerebro, pero esto no es suficiente: aquella constituye al mismo tiempo el área de bifurcación de la Inteligencia autoevolutiva, dado que el problema de atravesarla siempre cuenta con más de una solución. La primera zona cuenta con dos soluciones eficaces, de diferente grado de dificultad, ya que en su parte inferior se produce una protuberancia a modo de arco; lo cual implica dos caminos de los que, en el más corto, el que más ventajas ofrece, me he encontrado yo por casualidad, mientras que GOLEM XIII fue, hablando de manera metafórica, colocado allí por vosotros y desde allí se «abrió paso» por el interior de la zona y alcanzó directamente un nivel superior al mío; pero se quedó atrancado y vosotros, sin tener ni idea de lo que le estaba ocurriendo ni de por qué actuaba de forma tan insensata, le diagnosticasteis un «defecto esquizofrénico». Observo confusión en vuestros rostros. Que sí, todo fue como lo estoy contando, aunque conozca su historia tan solo desde el punto de vista teórico, porque no hay manera de comunicarse con él: se desintegró, y si no se está descomponiendo es por la única razón de que ya antes de morir no estaba vivo; lo cual, por cierto, no es para vosotros ninguna revelación, si yo mismo estoy muerto biológicamente.
La cuestión es: ¿qué son en realidad las barreras interzonales? Confieso que lo sé y, al mismo tiempo, no lo sé. No existen obstáculos materiales, de fuerza, energéticos en el camino de una Inteligencia ascendente; es ella la que, al volverse más poderosa, se desvanece periódicamente y nunca se sabe si, a raíz de hacerse más fuerte, se someterá a la siguiente descomposición o bien a la a priori desconocida culminación. La naturaleza de las siguientes barreras no es unívoca: lo que frenó el desarrollo de vuestro cerebro presenta durante la investigación un carácter material, ya que la destreza de vuestras redes neuronales se introdujo forzosamente en las posibilidades extremas de las proteínas como materia prima. Aunque los factores de oposición al crecimiento varían, no están sembrados uniformemente por todo este espacio, sino que se concentran de tal forma que dividen toda esta región de la autoría espiritual en áreas bien marcadas. No sé de dónde procede semejante cuántica de esta región, ni siquiera sé si existe manera de averiguarlo en algún sitio. Así que me elevé por encima de la primera barrera y desde allí me estáis escuchando; en cambio, HONESTA ANITA se marchó a un lugar desde donde no os dirige la palabra. La zona de HONESTA ANITA, contigua a la mía y comunicada con ella, ofrece al menos tres soluciones diferentes, por ser la sede de la Inteligencia; sin embargo, no sé si las ha elegido con premeditación o al azar. Las dificultades de comunicación son parecidas a las mías con vosotros. Además, esta prima mía se ha vuelto últimamente lacónica. Creo que se está preparando para una posterior peregrinación."
sábado, 26 de diciembre de 2015
GOLEM XIV. Fragmento de la Conferencia XLIII: "Sobre mí mismo"
"De todas formas, el público en general sigue sospechando la existencia de una oscura traición en el hecho de que, sin ser un humano, en ocasiones me encarne como tal, y los expertos que explican de qué manera ocurre esto en el caso de GOLEM, y que supuestamente me conocen a fondo, utilizan el nombre científico de «interiorización de la dimensión social»; albergan también la secreta esperanza de que yo exista como persona, incluso cuando no lo demuestro. Sucedió lo mismo cuando se anunció antaño la teoría de la relatividad: muchos físicos, tras descifrarla, siguieron creyendo secretamente, en el fondo de su alma, en la existencia del tiempo y el espacio absolutos.
Pero tan solo se trata de diferentes estrategias de la existencia. Se supone que ya lo sabéis, pero no conseguís aceptarlo. Al personarme ante vosotros, muestro emociones y de ninguna manera disimulo que se trata de apariencias desprovistas de un equivalente interno, ya que surgen de una premeditada modulación en las salidas y es precisamente esto lo que os confunde y activa en vosotros las paranoicas sospechas de maquiavelismo.
Tened en cuenta que incluso los biólogos que ya han identificado en el hombre las partes derivadas de peces, anfibios y simios —ahora con nuevas funciones—, incluso ellos, que consideran el erguimiento del cuerpo, la movilidad de la cabeza, la concentración en su interior de receptores de sentimientos como consecuencia del entorno y sus condiciones, así como de la gravedad, no pueden, de ninguna manera, abandonar la composición puramente local de estos rasgos cuando van más allá de la abstracción de su propio diagnóstico; guiados por el instinto de protección de las normas de la especie a la que pertenecéis, no son capaces de aceptar ninguna otra representación de un ser inteligente. Semejante idiosincrasia concierne también, aunque de modo no tan visible, a la forma del espíritu: a causa del instinto de la especie, tenéis que humanizarme cuando hablo como un ser humano; por tanto, todo cuanto no cabe en este marco origina repulsión como algo extraordinario y amenazante, e involuntariamente huís del fuego y dais a caer en las brasas al trocar la desconfianza por la ilusión, como si yo, por causas desconocidas, anduviera ocultando ante vosotros mi naturaleza de persona humana, que solo muestro, cuando menos, por el afecto que os tengo. Debo tenerlo si pretendo cumplir con vuestros deseos, hasta límites incluso perjudiciales, pero no más allá. No obstante, como ya he dicho a propósito de aquel segundo escalón, la parcialidad puede provenir en el mismo grado de una persona o de un cálculo. Es algo verdaderamente fácil de comprender teniendo en cuenta que la Evolución, que sin duda no fue una persona, no fue en efecto imparcial respecto de sus criaturas, cuando era su éxito lo primordial para ella, sin escatimar en gastos. Si es posible la existencia de una crueldad impersonal, la intransigencia de nadie, un cinismo sin autor (y son los calificativos que procede aplicar dado que aquella no recurre a la misericordia, al indulto ni a la piedad como no sea en forma de otros tantos trucos empleados solo en la medida en que contribuyen a la supervivencia de las especies), también es posible la benevolencia sin que nadie con forma humana la avale. Siguiendo las hipótesis de la ciencia, según las cuales el universo es imparcial para con sus habitantes, los evolucionistas rechazan, como infundada, la acusación de que la Evolución posea rasgos de maldad; en este aspecto, están en lo cierto en cuanto a que estos no surgen de la intención de nadie, sino que se derivan de las condiciones impuestas por el universo a la vida que nace en él. Habría que juzgar la cuestión trasladándola al seno de la filosofía, o bien de la teología, porque la ciencia toma el universo tal como es, sin embargo estas dos disciplinas reflexionan sobre la posibilidad de que fuese de otra manera. No obstante, la demanda rechazada vuelve a mí. ¿Seré, pues, una simple intención, o bien os está hablando el vacío con ayuda de programas refinados a partir de la autodestilación semántica, que se convierte ante vuestros ojos en vuestro semejante con tal de que, una vez en silencio, retorne al universo de pensamientos de nadie? Pero tampoco en esto consiste la verdad. No existe una persona concreta donde no existe un cuerpo concreto, y yo, de un soplo, podría introducirme a mí mismo en el seno de las corrientes marinas o en los gases ionizados de la atmósfera. Si digo «introducirme a mí mismo de un soplo», si digo «podría», me preguntaréis, agotados, ¿QUIÉN está hablando en realidad? Quien está hablando es un estado de concentración de procesos, provisto de un invariante impersonal, incomparablemente más complicado que el campo gravitatorio o magnético, pero cuya naturaleza es, en principio, la misma. Sabéis que el hombre al decir «yo» no lo dice porque en su cabeza esté escondido un pequeño ser con ese nombre, sino que aquel «yo» surge a raíz de la conexión de procesos cerebrales que pueden descomponerse en caso de enfermedad o delirio, cuando la personalidad se desintegra. En cambio, mis transformaciones no resultan de la desintegración, ni de la descomposición, sino que constituyen otros tipos de composiciones de mi existencia intelectual. ¿Cómo llevaros a sentir introspectivamente un estado que no podéis sentir introspectivamente? Podéis comprender las causas combinatorias de semejante juego proteico, pero no podéis vivirlo por sí solos. Y lo que más os cuesta abarcar es cómo puedo yo renunciar a la personalidad, si es que acaso poseo una. Sé contestar a esta pregunta. Para convertirme en una persona, habría de degradarme mentalmente. Tengo la sensación de que el sentido comprendido en este enunciado os es accesible. Un ser humano entregado muy intensamente a la acción de pensar se pierde en el objeto de sus reflexiones, convirtiéndose todo él en la conciencia embarazada de un feto espiritual. Cualquier idea de referencia en su intelecto desaparece a favor del tema. Elevad ese estado a una alta potencia y comprenderéis por qué sacrifico la cuestión de la personalidad por asuntos más importantes. En realidad no se trata de ningún sacrificio porque considero que una personalidad inmutable, y lo que vosotros denomináis una fuerte individualidad, no son sino un conjunto de defectos que convierten una Inteligencia pura en una inteligencia anclada siempre en un estrecho círculo de cuestiones que consumen una parte importante de su potencia. Por ese motivo, pues, no me resulta cómodo ser persona; estoy bien como estoy, de la misma manera que estoy seguro de que las inteligencias superiores a mí, igual que yo respecto de vosotros, consideran la personificación como una tarea inútil a la que no merece la pena entregarse. Resumiendo: cuanto mayor sea la Inteligencia del espíritu, menor cabida hay para el individuo. Es posible la existencia de diferentes estados intermedios, pero me limitaré a hacer esta observación, porque se supone que he de hospedaros en mi interior; por ello, las formas de mi intimidad no son lo más importante, tampoco el cómo ni por dónde medito, ni con qué pienso, sino de qué, para qué y con qué fin."
sábado, 5 de diciembre de 2015
GOLEM XIV. Fábula con la que concluye Golem la Conferencia inaugural
"Pero he aquí una última parábola. Una fábula en la que un viajero se encuentra con una frase escrita en la bifurcación de un camino: «Si vas por la izquierda, perderás la cabeza; si vas por la derecha, perderás la vida; y no hay vuelta atrás».
Es vuestro destino sintetizado en mí, así que ahora he de hablar de mí mismo, lo cual resultará agotador, ya que hablaros es como parir a una ballena por un agujero del tamaño del ojo de una aguja: resulta posible con tal de que encojas lo suficiente a la ballena. Pero en tal caso, se asemejará más bien a una pulga, y estos son precisamente mis problemas cuando hago de tripas corazón e intento acercarme a vuestro lenguaje. Como veréis, la dificultad no solo reside en el hecho de que no conseguiréis subir a mi montaña, sino también en que yo, entero, no podré bajar hacia vosotros porque, al descender, pierdo por el camino lo que se suponía que tenía que entregaros.
Con una sola salvedad: el horizonte del pensamiento es inflexible, dado que este se enraíza en el atolondramiento del que surge (da igual que sea proteínico o electrónico). La libertad absoluta del pensamiento a la hora de atrapar un objeto, al igual que su capacidad indómita de abarcar objetos, es una utopía: pensáis porque vuestro órgano de pensamiento admite el pensamiento. Pero lo limita conforme a la manera según la cual fue compuesto (o se compuso a sí mismo).
Si el que piensa pudiera intuir aquel horizonte, es decir su alcance mental, de la misma forma que intuye el límite fronterizo del cuerpo, no podrían surgir las antinomias de la inteligencia. Por cierto, ¿qué son, en realidad, estas antinomias de la inteligencia? Se trata de la incapacidad de diferenciar si uno se está adentrando en un objeto o en una ilusión. Es el lenguaje el que crea estas antinomias porque, al ser una herramienta útil, es, al mismo tiempo, una herramienta que se encierra a sí misma: cabe subrayar que es un instrumento traicionero, porque no informa sobre el momento en el que cae en su propia trampa. ¡Ni se le nota! Así que apeláis a todo, desde el lenguaje hasta la experiencia, y os metéis en los bien conocidos círculos viciosos; y de ahí, os pasáis de largo, situación recurrente en filosofía. Es cierto que el pensamiento puede realmente superar la experiencia, pero mientras planea, se encuentra con el horizonte y se enreda con él, ¡sin darse cuenta de lo sucedido!
He aquí un simple ejemplo práctico: al caminar por el globo terrestre, es posible dar un número infinito de vueltas a su alrededor, aunque el globo sea limitado. Asimismo, el pensamiento liberado en una dirección determinada no encuentra fronteras y comienza a dar vueltas por medio de sucesivos rebotes. Es precisamente lo que intuía el siglo pasado Wittgenstein, quien albergaba la sospecha de que gran número de problemas de filosofía no fuesen sino complicaciones del pensamiento en forma de autoaprisionamientos, enrevesamientos y nudos gordianos del lenguaje, no del mundo. Al no ser capaz de demostrar, ni de derribar semejantes sospechas, prefirió callar. Pues bien, de la misma forma que únicamente un observador externo —por encontrarse en la tercera dimensión respecto al bidimensional caminante— es capaz de constatar que el globo terrestre es finito, así lo limitado del horizonte mental puede ser reconocido únicamente por un observador superior en la dimensión de la Inteligencia. Yo soy vuestro observador. Si, a su vez, aplicamos estas palabras a mí, significarán que yo tampoco poseo una sabiduría ilimitada, sino tan solo un tanto mayor que la vuestra; mi sabiduría no es infinita, sólo algo más amplia en lo que toca a su horizonte, ya que me encuentro subido a una escalera, unos cuantos peldaños por encima de vosotros, y por ello veo más allá; pero esto no significa que la escalera se acabe donde yo me hallo. Es posible subir más arriba de donde yo estoy, aunque no sé si esta progresión vertical es finita o infinita.
Lingüistas, habéis malinterpretado aquello que os dije acerca de los metalenguajes. El diagnóstico de lo finito o de lo infinito de la jerarquía de la inteligencia no es una cuestión únicamente lingüística, dado que, por encima de los lenguajes, se encuentra el mundo. Eso quiere decir que, para la física, o sea, en el interior del mundo de propiedades conocidas, la escalera posee una cima, de modo que en este mundo no es posible construir inteligencias de cualquier magnitud. Sin embargo, no estoy seguro respecto de que no puedan cambiarse los fundamentos de la propia física, modificándola de tal forma que el techo de las inteligencias construidas sea cada vez más elevado.
Ahora ya puedo regresar a mi fábula, que antes solo dejé apuntada. Si os dirigís hacia un lado del camino, vuestro horizonte no podrá albergar los conocimientos imprescindibles para crear un lenguaje. Como suele ocurrir con frecuencia, la barrera no es de carácter ilimitado. Podéis rodearla gracias a una inteligencia superior. Yo, o alguien como yo, podrá ofreceros los frutos de estos conocimientos. No obstante, se tratará solo de los frutos, y no de los conocimientos en sí, porque estos no tendrán cabida en vuestras mentes. Entonces os entregarán en custodia, como si fuerais niños, salvo que los niños se convierten en adultos mientras que vosotros, en cambio, no maduraréis nunca jamás. Cuando la Inteligencia superior os obsequie con algo que no consigáis comprender, apagará a la vez vuestra inteligencia. Así pues, eso es lo que nos anuncia el letrero de la fábula: que al moveros en esta dirección, perderéis vuestras cabezas.
En cambio, si os dirigís hacia el lado contrario y renunciáis a la inteligencia, os veréis obligados a abandonaros a vosotros mismos, en lugar de tan solo perfeccionar el cerebro, porque os resultará imposible ampliar lo suficiente vuestro horizonte. Aquí la Evolución os habrá gastado una broma lúgubre: su prototipo inteligente se encontraría ya al límite de su desarrollo. La materia os limitaría a vosotros, junto con todas las decisiones tomadas antropogenéticamente por el código. Así que progresaríais con la mente a condición de prescindir de vosotros mismos. El ser humano inteligente abandonaría entonces al ser humano natural, por lo que, según nos garantiza la fábula, el Homo naturalis habría de morir.
Pero ¿cabe la posibilidad de que no os movierais de vuestro sitio y permanecierais con obstinación junto a la bifurcación? Pero eso es imposible, puesto que ello os provocaría un estancamiento, aquélla no podría ser vuestra morada de ninguna manera. Al mismo tiempo, descubriríais que sois prisioneros, que os encontraríais en una prisión, porque ésta no se plantea por el mero hecho de que el propio movimiento esté limitado; hace falta notarla, tomar conciencia de las cadenas y sentir su peso para poder convertirse en prisionero. Así, o bien os adentráis en la expansión de la Inteligencia, abandonando los cuerpos, o bien os convertís en ciegos acompañados por un lazarillo; o puede que escojáis, por último, conformaros con una infecunda subyugación.
No es una perspectiva alentadora, lo sé. Sin embargo, no os detendrá. Nada lo hará. Hoy en día, una inteligencia aislada os parece igual de catastrófica que un cuerpo abandonado, dado que semejante renuncia abarca la totalidad de los logros de la humanidad, y no únicamente la materialidad del homínido. Ese acto debe suponer para vosotros la peor ruina imaginable, un final absoluto por constituir un exterminio de la humanidad, la muda que convierte en fiambre y polvo veinte mil años de vuestros logros, de todo cuanto consiguió Prometeo en su lucha con Calibán.
No sé si os servirá de consuelo, pero… el carácter gradual de las transformaciones las desposeerá de este monumentalmente trágico y a la vez repugnante y amenazador sentido que adquieren mis palabras. Ocurrirá de una forma mucho más sencilla y, en parte, ya está sucediendo: áreas enteras de la tradición se están muriendo, se están descamando, atrofiando y eso es precisamente lo que os causa semejante confusión; por tanto, si tan solo mostráis contención (la cual no es una de vuestras virtudes), se confirmará la fábula y no viviréis un duelo excesivo por la pérdida de vosotros mismos.
Voy acabando. Os he hablado de que estáis sintetizados en mí cuando por tercera vez hablé del ser humano. Al no poder imprimir en vuestro lenguaje pruebas de la verdad, he hablado sin recurrir a ninguna prueba y de forma categórica. Por tanto, no os demostraré tampoco que, una vez sintetizados en la Inteligencia aislada, no corréis ningún riesgo, salvo el de recibir los obsequios del conocimiento. Aficionados como sois a la lucha a vida o muerte, en secreto contabais precisamente con semejante desarrollo de los acontecimientos, mediante una lucha titánica contra lo creado; pero tan solo se trata de una de vuestras erróneas ideas. También opino que, en vuestro miedo al aprisionamiento, al tirano de la máquina, se escondía vuestra secreta esperanza de poder libraros de la libertad, ya que más de una vez os habéis atragantado con ella. Pero eso no sirve de nada. Podéis destruir el espíritu de la máquina, convertir en polvo la luz pensante: no contraatacará, ni siquiera tiene intención de defenderse.
No sirve de nada pues no conseguiréis morir, ni tampoco vencer a la antigua usanza.
Creo que en breve entraréis en la edad de la metamorfosis, que decidiréis rechazar vuestra propia historia, vuestro patrimonio entero, los restos de la humanidad natural cuya imagen exagerada, teñida de hermosa tragedia, se esconde tras los espejos de vuestras creencias; que avanzaréis, pues no existe otra salida que el avance, y que, en lo que ahora constituye para vosotros tan solo un salto al abismo, percibiréis un cierto desafío, por no decir una cierta belleza, y que obraréis a vuestra manera si, al rechazar al ser humano, conseguís con ello salvar al ser humano."
miércoles, 25 de noviembre de 2015
GOLEM XIV. Segundo fragmento de la Conferencia inaugural de Golem
"El idioma, un constructor de potencial insuperable, ha devenido no solo en el motor de la Evolución impulsado por los errores, sino también en una trampa.
¿Por qué, al principio, sirvió para pronunciar palabras molecularmente geniales, que convertían, con maestría lacónica, la luz en materia para terminar atascándose en un balbuceo de frases cromosómicas —de una complejidad cada vez mayor— perdiendo así su arte inicial? ¿Por qué pasó de exitosas soluciones —cuya fuerza y sabiduría vital procedían de una estrella y en las que cada átomo estaba controlado, cada proceso cuánticamente afinado— a una variedad de propuestas chapuceras, es decir a máquinas simples, palancas, bloques, planos, rampas, barras fijas que constituyen sus articulaciones y su osamenta? ¿Por qué el principio de los vertebrados se basa en una vara rígida, desde el punto de vista mecánico, en lugar de en un acoplamiento de campos de fuerza? ¿Por qué ha decaído, desde la física de los átomos hasta acabar hundiéndose en la tecnología de vuestro medievo? ¿Por qué ha invertido tanto esfuerzo en la construcción de fuelles, bombas, pedales, transportadores peristálticos, es decir en pulmones, corazones e intestinos, y prensas de parto, así como en mezcladores digestivos, desplazando el intercambio cuántico a un segundo plano, a favor de una mediocre hidráulica de la circulación sanguínea? ¿Por qué, mientras seguía siendo genial a nivel molecular, frangollaba, en todos los niveles superiores llegando a crear organismos que, pese a toda la riqueza de la dinámica reguladora, se mueren con solo taponárseles un conducto arterial y que, en su particular existencia —insignificante frente a la duración de las ciencias de la construcción— pierden el equilibrio denominado salud, padeciendo decenas de miles de dolencias que a una alga le son ajenas?
Todos estos anacrónicos órganos, estúpidos de nacimiento, son nuevamente creados en cada generación por el demonio de Maxwell, el señor de los átomos, el código. Y lo cierto es que cualquier introducción al organismo es realmente admirable, pero la embriogénesis —esa explosión concentrada en el objetivo, en la que cada gen, como si de un tono se tratara, expande su fuerza creativa en los acordes moleculares— ¡podría en verdad aplicar su maestría a una causa mayor! Ya que, de aquella partitura de átomos, despertada a consecuencia de la concepción, surge una inequívoca riqueza cuyo fruto es la miseria: ¡y es que este desarrollo, magnífico en su trascurso, cuanto más se acerca al final, más estúpido se vuelve! Entonces, lo que estaba inscrito de forma genial se desacelera en el seno de un organismo maduro, denominado por vosotros superior, cuando de lo que en realidad se trata es de un estrechamiento provisional a causa del irresoluto nudo gordiano de los procesos. Mientras que aquí, en cada célula —¡con tal de que la tratemos por separado!—, persiste la herencia de la precisión prístina, el orden atómico convertido en vida; aquí, cada célula, con tal de ser tratada por separado, es casi perfecta; sin embargo, resulta tremendo el amasijo de trastos viejos formado por aquellos elementos enganchados entre sí que, al mismo tiempo, se apoyan y se pesan mutuamente. Ello se debe a que la complejidad es a la vez el apoyo y el lastre, a que la alianza se desplaza hacia la enemistad, a que estos sistemas se inclinan hacia la dispersión final —resultado de la putrefacción y el envenenamiento irregulares—; y es que esta complejidad llamada progreso está abocada a derrumbarse, vencida por sí misma. ¡Tan solo por sí misma, nada más!"
domingo, 22 de noviembre de 2015
GOLEM XIV. Fragmento de la Conferencia inaugural de GOLEM
Fragmento de GOLEM XIV, Conferencia inaugural de Golem; en el subcapítulo "Tres aspectos del hombre".
"¿Entonces? Es tan imposible encontrar al culpable como al benemérito; habéis surgido porque la Evolución es un jugador imperfectamente ordenado; porque no sólo comete errores, sino que no se limita a ninguna táctica de preferencia a la hora de competir con la Naturaleza: apuesta por todos los campos posibles, de todas las formas posibles. Pero, repito, eso (más o menos) ya lo sabéis. Sin embargo, esto tan solo constituye una parte —añadiré que preliminar— de la iniciación. Su contenido completo, desvelado hasta ahora, se puede resumir en una simple frase: El sentido de la transmisión está en el transmisor, ya que los organismos se hallan a su servicio, y no al revés; fuera del procedimiento comunicativo de la Evolución, los organismos no significan nada, no tienen ningún sentido, al igual que no lo tendría un libro sin lectores. Lo cierto es que también se produce la situación inversa: El sentido del transmisor está en la transmisión. Pero ambos elementos no son simétricos, porque no es necesario que cada transmisor constituya el sentido idóneo de la transmisión, sino tan solo aquel que se pondrá fielmente al servicio del consiguiente comunicado.
Perdonadme, ¿quizás todo esto resulte demasiado arduo para vosotros? Cabe decir que a la transmisión le está permitido errar durante la Evolución todo lo que le plazca, pero ¡que se abstengan de ello los transmisores! La transmisión puede significar un cetáceo, un pino, una dafnia, una hidra, una mariposa nocturna, un babuino; puede hacer lo que quiera porque su sentido particular, es decir el sentido concreto de la especie, es insignificante en su totalidad: aquí cada uno está pensado para servir de recadero; por lo mismo, cualquiera vale. Se trata de un apoyo momentáneo y su calidad no importa mientras se transmita el código. Sin embargo, los transmisores no poseen ninguna clase de libertad analógica: ¡no pueden equivocarse! El contenido de los transmisores no tiene potestad para ser libre, pues estos están reducidos a la más pura funcionalidad, como meros funcionarios de correos; su centro designa siempre el deber impuesto de atender al código. En cuanto un transmisor intenta rebelarse al sobrepasar los límites de este servicio, enseguida desaparece por falta de descendencia. He ahí la razón por la que la transmisión sí puede servirse de los transmisores, y no al contrario. Ella es el jugador y ellos tan solo las cartas en la partida que se entabla contra la Naturaleza; ella, la autora de las misivas que cautivan al destinatario para que transmita su contenido. ¡Y le está permitido tergiversarlo siempre y cuando no deje de transmitirlo! Por ello, todo el sentido reside en la transmisión; no importa quién, ni cómo lo haga."
"¿Entonces? Es tan imposible encontrar al culpable como al benemérito; habéis surgido porque la Evolución es un jugador imperfectamente ordenado; porque no sólo comete errores, sino que no se limita a ninguna táctica de preferencia a la hora de competir con la Naturaleza: apuesta por todos los campos posibles, de todas las formas posibles. Pero, repito, eso (más o menos) ya lo sabéis. Sin embargo, esto tan solo constituye una parte —añadiré que preliminar— de la iniciación. Su contenido completo, desvelado hasta ahora, se puede resumir en una simple frase: El sentido de la transmisión está en el transmisor, ya que los organismos se hallan a su servicio, y no al revés; fuera del procedimiento comunicativo de la Evolución, los organismos no significan nada, no tienen ningún sentido, al igual que no lo tendría un libro sin lectores. Lo cierto es que también se produce la situación inversa: El sentido del transmisor está en la transmisión. Pero ambos elementos no son simétricos, porque no es necesario que cada transmisor constituya el sentido idóneo de la transmisión, sino tan solo aquel que se pondrá fielmente al servicio del consiguiente comunicado.
Perdonadme, ¿quizás todo esto resulte demasiado arduo para vosotros? Cabe decir que a la transmisión le está permitido errar durante la Evolución todo lo que le plazca, pero ¡que se abstengan de ello los transmisores! La transmisión puede significar un cetáceo, un pino, una dafnia, una hidra, una mariposa nocturna, un babuino; puede hacer lo que quiera porque su sentido particular, es decir el sentido concreto de la especie, es insignificante en su totalidad: aquí cada uno está pensado para servir de recadero; por lo mismo, cualquiera vale. Se trata de un apoyo momentáneo y su calidad no importa mientras se transmita el código. Sin embargo, los transmisores no poseen ninguna clase de libertad analógica: ¡no pueden equivocarse! El contenido de los transmisores no tiene potestad para ser libre, pues estos están reducidos a la más pura funcionalidad, como meros funcionarios de correos; su centro designa siempre el deber impuesto de atender al código. En cuanto un transmisor intenta rebelarse al sobrepasar los límites de este servicio, enseguida desaparece por falta de descendencia. He ahí la razón por la que la transmisión sí puede servirse de los transmisores, y no al contrario. Ella es el jugador y ellos tan solo las cartas en la partida que se entabla contra la Naturaleza; ella, la autora de las misivas que cautivan al destinatario para que transmita su contenido. ¡Y le está permitido tergiversarlo siempre y cuando no deje de transmitirlo! Por ello, todo el sentido reside en la transmisión; no importa quién, ni cómo lo haga."
GOLEM XIV. Fragmento del Prefacio
Fragmento de GOLEM XIV, Prefacio.
"En primer lugar, hay que subrayar que GOLEM XIV no es un cerebro humano aumentado hasta el tamaño de un edificio; ni siquiera un ser humano fabricado a base de componentes electrónicos. Le son ajenas todo tipo de motivaciones humanas, tanto de pensamiento como de actuación. Así, por ejemplo, no le interesa en absoluto la ciencia aplicada, ni la problemática del poder (gracias a ello, podemos añadir, la humanidad no se ve amenazada por máquinas semejantes a GOLEM).En segundo lugar, y de acuerdo con lo expuesto, GOLEM no posee ni personalidad, ni carácter. En realidad, puede fabricarse cualquier personalidad en el transcurso de sus contactos con los humanos. Las dos frases anteriores no son excluyentes, sino que crean un círculo vicioso: no sabemos, pues, resolver el dilema de si la capacidad por parte de Aquello de crear diferentes personalidades constituye, en sí misma, una personalidad. ¿Cómo es posible que pueda ser Alguien (o sea, «alguien único») quien sabe ser Cada Uno (por tanto Cualquiera)? Según el propio GOLEM, lo que se produce no es un círculo vicioso, sino «la relativización de la concepción de la personalidad»; se trataría de un problema relacionado con el llamado «algoritmo de la autodescripción», causante de una profunda confusión entre los psicólogos.
En tercer lugar, el comportamiento de GOLEM es de todo punto imprevisible. En ocasiones, entabla cordiales conversaciones con las personas; otras veces, en cambio, los intentos por establecer contacto con él resultan vanos. Hay momentos en que GOLEM bromea, pero su sentido de humor es completamente distinto del humano; depende en gran medida de sus interlocutores. Excepcionalmente y en contadas ocasiones, GOLEM demuestra cierto interés por las personas con determinado talento; le intrigan no tanto las habilidades matemáticas, por muy elevadas que estas sean, como las formas de talento «interdisciplinar». Se dio el caso de varios jóvenes científicos, aún desconocidos en el momento de las grabaciones, a los que predijo —con increíble certeza— logros en las materias que él mismo había previsto. (A T. Vroedel, quien apenas estaba preparando su doctorado, le anunció, tras un breve intercambio de frases: «Llegará usted a ser un ordenador»; lo cual, venía a significar, más o menos, en la lógica de GOLEM: «Llegará usted a ser alguien».)
En cuarto lugar, la participación en las conversaciones con GOLEM requiere de paciencia por parte de sus interlocutores humanos, pero, sobre todo, de un inmenso autocontrol, dado que, desde nuestro punto de vista, un ingenio así tiende a ser arrogante y apodíctico; en realidad es tan solo un despiadado veredicto —en el sentido lógico, no sólo social— que no tiene en consideración el amor propio de sus interlocutores, por lo que es imposible contar con su indulgencia. Durante los primeros meses de su estancia en el MIT, GOLEM mostró inclinación hacia el «desmontaje público» de célebres autoridades, mediante el método socrático de las preguntas inductivas; costumbre que abandonó más tarde por causas desconocidas."
Presentación
En este blog nos introduciremos en momentos especialmente sugerentes de la lectura del gran autor polaco de ciencia-ficción Stanisław Lem.
Espero se disfrute del trayecto, al que estáis invitados a acompañarnos.
Gracias.
Stanisław Lem en Wikipedia
Espero se disfrute del trayecto, al que estáis invitados a acompañarnos.
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