miércoles, 25 de noviembre de 2015

GOLEM XIV. Segundo fragmento de la Conferencia inaugural de Golem


"El idioma, un constructor de potencial insuperable, ha devenido no solo en el motor de la Evolución impulsado por los errores, sino también en una trampa.

¿Por qué, al principio, sirvió para pronunciar palabras molecularmente geniales, que convertían, con maestría lacónica, la luz en materia para terminar atascándose en un balbuceo de frases cromosómicas —de una complejidad cada vez mayor— perdiendo así su arte inicial? ¿Por qué pasó de exitosas soluciones —cuya fuerza y sabiduría vital procedían de una estrella y en las que cada átomo estaba controlado, cada proceso cuánticamente afinado— a una variedad de propuestas chapuceras, es decir a máquinas simples, palancas, bloques, planos, rampas, barras fijas que constituyen sus articulaciones y su osamenta? ¿Por qué el principio de los vertebrados se basa en una vara rígida, desde el punto de vista mecánico, en lugar de en un acoplamiento de campos de fuerza? ¿Por qué ha decaído, desde la física de los átomos hasta acabar hundiéndose en la tecnología de vuestro medievo? ¿Por qué ha invertido tanto esfuerzo en la construcción de fuelles, bombas, pedales, transportadores peristálticos, es decir en pulmones, corazones e intestinos, y prensas de parto, así como en mezcladores digestivos, desplazando el intercambio cuántico a un segundo plano, a favor de una mediocre hidráulica de la circulación sanguínea? ¿Por qué, mientras seguía siendo genial a nivel molecular, frangollaba, en todos los niveles superiores llegando a crear organismos que, pese a toda la riqueza de la dinámica reguladora, se mueren con solo taponárseles un conducto arterial y que, en su particular existencia —insignificante frente a la duración de las ciencias de la construcción— pierden el equilibrio denominado salud, padeciendo decenas de miles de dolencias que a una alga le son ajenas?

Todos estos anacrónicos órganos, estúpidos de nacimiento, son nuevamente creados en cada generación por el demonio de Maxwell, el señor de los átomos, el código. Y lo cierto es que cualquier introducción al organismo es realmente admirable, pero la embriogénesis —esa explosión concentrada en el objetivo, en la que cada gen, como si de un tono se tratara, expande su fuerza creativa en los acordes moleculares— ¡podría en verdad aplicar su maestría a una causa mayor! Ya que, de aquella partitura de átomos, despertada a consecuencia de la concepción, surge una inequívoca riqueza cuyo fruto es la miseria: ¡y es que este desarrollo, magnífico en su trascurso, cuanto más se acerca al final, más estúpido se vuelve! Entonces, lo que estaba inscrito de forma genial se desacelera en el seno de un organismo maduro, denominado por vosotros superior, cuando de lo que en realidad se trata es de un estrechamiento provisional a causa del irresoluto nudo gordiano de los procesos. Mientras que aquí, en cada célula —¡con tal de que la tratemos por separado!—, persiste la herencia de la precisión prístina, el orden atómico convertido en vida; aquí, cada célula, con tal de ser tratada por separado, es casi perfecta; sin embargo, resulta tremendo el amasijo de trastos viejos formado por aquellos elementos enganchados entre sí que, al mismo tiempo, se apoyan y se pesan mutuamente. Ello se debe a que la complejidad es a la vez el apoyo y el lastre, a que la alianza se desplaza hacia la enemistad, a que estos sistemas se inclinan hacia la dispersión final —resultado de la putrefacción y el envenenamiento irregulares—; y es que esta complejidad llamada progreso está abocada a derrumbarse, vencida por sí misma. ¡Tan solo por sí misma, nada más!"


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